Lunes 26 de Noviembre de 2018
EL HOCKEY COMO INCLUSIÓN

"Ver a Salma entrenarse en hockey es gratificante para nosotros" dijeron los profes.
Salma, una conmovedora historia de superación e inclusión en el hockey de Gimnasia y Esgrima de La Plata.

La frase “Los tiempos cambian” puede ingresar en el diccionario de los lugares comunes pero por fortuna en el marco de la inclusión, no. Los tiempos cambiaron, la conciencia va en aumento y si bien todavía falta, la sociedad, al menos, da algunos pasos al frente que por más que a veces resulten timoratos o insuficientes, se dan y son elementales.

En una de las prestigiosas y reconocidas charlas TED, la psicopedagoga Constanza Orbaiz, quien padece parálisis cerebral, aseguró que la simpleza es una aliada y hay que aplicarla para que todo funcione mejor. Ella aclaró que “lo que hace falta es ser simple. Hay que hacer fácil lo que ya es difícil. No somos especiales, especiales son las pizzas. No tenemos capacidades diferentes, capacidades diferentes tienen un balde y un vaso. Somos personas con discapacidad y hay que crear entornos para que una persona pueda hacer a su modo, sin tener que parecerse a nadie”.

El primer paso para generar ese entorno lo realizó TIADE y Salma Czerniawski hoy puede disfrutarlo participando en uno de los deportes que se practican en la institución. Su caso es único y puede ser pionero de otros que podrán secundarlo dentro de Gimnasia. Ella tiene 8 años y nació con Síndrome de Down, algo que claramente no le impidió poder alistarse a la Décima División del hockey femenino albiazul.

“Salmi” como la llaman en su entorno, fue una de las primeras alumnas de los Talleres Inclusivos de Artes, Deportes y Expresión (TIADE) que funcionan desde hace un año en el Club y gracias a ello, después de una actividad conjunta que se realizó con las jugadoras de la Séptima (actuales campeonas), descubrió que el hockey podía ser lo suyo.

Su mamá, Diana Scopel, se enteró que Salma nacería con discapacidad recién en el parto y a partir de allí debió reconstruirse y fortalecerse para emprender un camino para el cual no estaba preparada. Diana reconoció que la noticia la golpeó y le costó asimilarla pero todo cambió una vez que pudo cobijarla entre sus brazos.

“Me enteré en el parto y lo tomé muy mal, fue como un golpe, fue duro, hasta rompí los souvenirs. No la escuché ni siquiera llorar hasta que vino el papá y me dijo: ‘parece que la princesa tiene Síndrome de Down’. Me costó asumirlo, no entendía nada, no teníamos información, ni mi familia, ni mis amigas tampoco sobre el tema. Pasaban los días y no podía ir a verla hasta que me llevaron. Una vez que la tuve en brazos quebré y dije que iba a ser la mejor mamá que podía ser”, contó entre lágrimas, sentada en uno de los bancos de cemento situados en los jardines del Bosque, mientras Salma posaba contenta para la sesión de fotos.

A partir de allí el camino se fue haciendo al andar y lo recorrieron juntas, aprendiendo diariamente una de la otra: “Inventé estimulándola yo, haciéndole masajes en su carita, en los ojitos, en los pies. Después me fui informando con los médicos, que ya me decían qué tenía que hacer y no paré más. La llevé a terapia ocupacional, estimulación temprana, psicopedagoga, psicóloga, fonoaudióloga y esa gente me ayudó mucho. Siempre tuvimos el acompañamiento de la familia, amigos y abuelos, quienes son sumamente importantes”.

Según Diana, transmitirle seguridad e igualdad es una de las cuestiones fundamentales para cimentar las bases en la crianza de Salma. “Con su papá (Gustavo) nunca dejamos de transmitirle seguridad e igualdad ante los demás aunque le cueste un poquito más. Acercarla a la sociedad lo más que se pueda y no ponernos mal por algunas situaciones que surgen, tratar de no demostrárselo siendo fuertes como familia. Por eso ella es fuerte y segura de sí misma”.

Salma necesita de la presencia de sus padres en el cotidiano como todo chico de 8 años, pero su madre aseguró que es independiente, se maneja sola en muchos aspectos e incluso colabora en el cuidado de sus abuelos. También se enoja y se impone cuando cree que tiene razón.

“Mi papá es ciego y tiene una pierna amputada, y ella cuida a sus abuelos. Le nace del corazón, pone la mesa, le alcanza las cosas, lo ayuda con la silla de ruedas, le pone la gorra, el pañuelo…Ella va a colegio San Antonio, que es convencional, va a los cumpleaños, se viste, se baña y hace todo sola, obviamente con la ayuda que hay que darle a un niño pequeño. Tratamos de que sea muy independiente. Nunca la sobreprotegemos, sí la cuidamos. Tiene un carácter fuerte, me pone algunos límites y cuando cree que la estoy molestando mucho me dice ‘bueno Diana, ya está’. Cuando se enoja aplica bien los términos” contó, con sonrisa tímida mediante, y se animó a aconsejar a algunos padres a los que les puede tocar vivir una situación similar: “Que todos los padres que estén en una situación como la mía den mucha seguridad a sus hijos, mucho acompañamiento de especialistas, que no marquen la diferencia ellos mismos porque eso entorpece el crecimiento y el desarrollo. El otro día me planteó por qué ella sabía menos que sus compañeritos de la escuela y le dije, que todos a veces aprenden primero algunas cosas y otros, otras”.

CULPAS QUE SE LIBERARON

Diana reconoció también que esa reacción, casi instintiva, de negarse a asumir la situación, la llenó de una culpa que pudo ir liberando con el paso del tiempo. Con el apoyo de la familia y el puntal en el que se transformó Salma, la “tormenta” fue pasando y comenzó a asomarse el sol. Se sucedieron los aprendizajes y ya nada parecía ser tan grave.

“Tuve mucha culpa, cuando la miré a los ojos y me di cuenta que era mi hija, que la amaba (lágrimas), sentí mucha culpa por haber reaccionado así. Pero la fui liberando de a poco y estoy orgullosa, no de mí, si no de lo que pude hacer gracias a ella. Ella me fue enseñando a mí a ser mamá y a darle lo que necesitaba. Es increíble lo que me enseña a no hacerme problemas por tantas cosas, se da cuenta de todo, y me dice que no llore cuando me pasa algo, que no pasa nada, que me ama, me invita a bailar, me saca de la locura de la vida de uno. Ella me ayudó con su amor inmenso, a ser fuerte”, reconoció.

En medio de este avance que consiguió como mamá, fue notando también un cambio positivo en la sociedad respecto a la inclusión y aseguró que es algo que la alivió muchísimo. En esta coyuntura, también apareció Gimnasia.

“Hay un avance en lo que es la inclusión, totalmente, y es un alivio para nosotros. Yo antes no sabía cómo manejarme, tenía miedo a que me pasara todo lo que me pasó. No hay que tener miedo porque todo se aprende. Yo a Salma no la cambiaría por nada del mundo. Y estoy gratamente sorprendida de lo que encontramos acá en Gimnasia, en TIADE. Desde el primer día fue todo increíble, los profes, el amor, la paciencia, la dedicación que tienen. Estamos felices”.

Luego de un año participando de los Talleres y de una adaptación rápida, Salma descubrió que le gustaba el hockey y que como cualquier otra nena del Club podía practicarlo.

“Lo descubrió acá. Vinieron las chicas de hockey, vieron que se manejaba bien, le propusieron a los chicos (profes) hacer una prueba, yo no entendía mucho, y fuimos y quedó. La aman ahí. El segundo día que fuimos, vino un papá y nos regaló la funda para el palo. Sus compañeras la adoran, la invitan a los cumple y le hacen cartitas”, cerró Diana llena de felicidad.

En los jardines del Estadio Juan Carmelo Zerillo Salma sonríe pero le ganó la timidez y no quiso hablar. Su mamá está aliviada por verla feliz. Gracias a que los tiempos cambian ella puede disfrutar de lo que le gusta. Juega al hockey, se entrena a la par de su compañeras y compite. Hoy puede hacer a su modo, sin verse en la necesidad de parecerse a nadie.

 



Fuente: Nicolás Lamberti


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